24/1/10

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Las ciudades son todas diferentes, distintas, enigmáticas, son todas coherentes y caóticas, son todas pequeños misterios. A orillas de la imagen, entre los recovecos del pensamiento más efímero, subyace el subconsciente, allá donde el tiempo se detiene poco a poco. Caen en París las primeras gotitas de lluvia, que anuncian aquello que todos los transeúntes temen, aquello que es y aquello que no es. Gris sobre gris y un cierto matiz de tristeza y melancolía. Una urbe que rezuma insatisfacción, que expira reburbujeante pesimismo ilustrado, reflexiones que no llevan a ningún lugar, filosofía barata engalanada de Dior y perfumada a lo Chanel, banal esquema del capitalismo más abrupto.

De entre todas las personas, entre respiraciones entrecortadas, de entre todas las calles, se disparan las luces más taciturnas, se esfuman los ecos más longevos, donde nadie se saluda, donde el merci está en boca de todos pero en el alma de nadie.
Es una ciclópea ciudad, todo enorme, grandísimo, gigantesco, pero no es la ciudad del amor. Aquí el amor es de entre puertas, de hacia dentro, de uno para uno y para uno mismo. Quién os ha visto y quién os ve, romanticismo palatino ausente de fondo, obsoleta forma, mucho de aparente.

A la magia lo que es de la magia, y al escapismo lo suyo, y de los parisinos al cómic, la mejor de las magias de escapismo, la mejor de las evanescentes salidas de tono, la mejor de las posibilidades de esbozar una sonrisa entre tanta lluvia, entre tanto cielo y cielo embrutecido.
Se atolondra el ciudadano de a pie en las tiendas de cómic, se agolpan al calor de una calefacción que reactiva sus filosofías, sus imágenes, sus pensamientos, sus manos enrojecidas recuperan poco a poco un color menos solitario.

Sonríen entre dientes, se hablan, conversan, todo en el tono francés, en el idioma del susurro, de esos susurros que uno se dice no debe fiarse, pues nunca debes fiarte de aquel que susurra a oídos de otro. Discuten, compran cómics, salen de una tienda atestada de almas y se introducen arrastrando el frío en sus encorvadas espaldas, en otra tienda, en busca de aquellos cómics que les permitan viajar, al Incal, a la balada del mar salado, al sol naciente... Al infierno si hiciera falta o fuese necesario, pues de seguro, allá hace más calor.

Diviértanse alrededor de lo maravilloso de Marvel, de lo cósmico de DC, diviértanse alrededor de un café a orillas del Sena, diviértanse en una pequeñita sala de cine... De todo lo pequeño, de todo lo efímero, ellos lo hacen eterno, lo hacen profundo, lo hacen denso y pesado, como un aire a su alrededor que embota el oxígeno, y atestigua cómo los humanos luchan contra la cultura de lo gris, de lo enigmático, de lo profundamente bello, de lo enorme, del pasado, esa guerra, en París, la ganan aquellas pequeñas cosas que pasan desapercibidas, aquellas pequeñas cosas que hacen de su ciudad, la ciudad de todos, y la ciudad del amor, extasiado de tantos films, de tanto folclore, se detiene el tiempo poco a poco en el amor, en le petit amour, y de todo ello, de todo eso, solamente una voz, un esbozo de sonrisa, una mirada de soslayo a Notre Damme, una sombra helada, efervescente, un frotar de manos y un paseo TRÈS JOLI.

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